
Psicologa
Hubo una etapa de mi vida en la que me hablaba mal… y ni siquiera me daba cuenta.
Cada vez que algo no me salía bien, mi mente era rápida para soltar frases como “qué tonta eres” o “siempre lo haces mal”.
Eran comentarios pequeños, casi automáticos, pero con el tiempo empecé a notar que, sin quererlo, me estaba convenciendo de que esas palabras eran verdad.
Un día, después de que un proyecto personal no saliera como esperaba, me descubrí diciéndome: “Otra vez fracasaste, nunca vas a lograrlo”.
Me quedé en silencio, y fue como si escuchara mi propia voz desde afuera. Me pregunté:
¿Le diría esto a alguien que amo?
La respuesta fue un rotundo no.
A partir de ahí, empecé a cambiar mi diálogo interno. No fue de un día para otro. Al principio me sentía rara diciéndome cosas buenas, como si no las creyera del todo.
Pero poco a poco, cada palabra amable se convirtió en un bálsamo:
Cuando algo no salía bien, en lugar de castigarme, me decía: “No pasa nada, esto es parte del proceso”.
Cuando me miraba al espejo en un día difícil, elegía recordarme: “Hoy no me siento al 100, pero sigo mereciendo mi cuidado y mi respeto”.
Ese cambio empezó a reflejarse en todo.
Cuando me hablaba bonito a mí, también empezaba a hablar bonito a los demás.
La paciencia que me daba a mí misma, la compartía con quienes me rodeaban.
Hoy sé que hablarte bonito es un acto de amor propio. No es negar tus errores ni disfrazar la realidad con frases motivacionales vacías. Es elegir tratarte con la misma compasión que le darías a alguien que quieres.
Si lo piensas bien, pasas toda tu vida contigo. Tu voz interna es la que más escucharás cada día. Por eso, elige que sea una voz que te sostenga, que te motive y que te recuerde que eres suficiente incluso en tus días más difíciles.
Lo que te dices a ti mismo crea el lugar en el que vives. Haz que sea un lugar bonito.
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